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Josep Plaja, el secretario de Gardel

SUCESO GARDELIANO N°46 - 27/06/2022

A 87 años de la muerte de Carlos Gardel, el testimonio del secretario personal, el español Josep Plaja, uno de los dos sobrevivientes de Medellín entrega su postal en las únicas dos entrevistas que dio, sobre detalles íntimos de la convivencia, en el último año y medio de la vida y la tragedia junto a Carlos Gardel.

Carlos Gardel, Alfredo Lepera, Terig Tucci, Josep Plaja, Tito Lusiardo y equipo técnico en foto de backstage de fin de rodaje del film Tango Bar.

Josep Plaja fue uno de los tantos que se tentaron con el mito y sueño americano, anhelo que se hace realidad cuando inicia una amistad fructífera que lo marcaría de por vida con Carlos Gardel, el mayor mito y sueño argentino, quien lo incorpora a Éxito Corporación Inc. en 1934, en Manhattan. No solo sería su traductor, luego su secretario personal, sino un amigo que lo acompañaría en las paradas más cuesta arriba, incluida la fatídica del 24 de junio de 1935 en Colombia. 

Sobrevivió a duras penas al accidente en la pista y concedió solo dos entrevistas a quienes deseaban conocer más de la intimidad del Zorzal Criollo, en particular sobre los últimos pasos del muchacho del Abasto cuya estrella brillaba en el mundo entero. A modo de homenaje a Carlitos y a uno de los valores que más apreciaba, la amistad, recordemos la figura de Plaja a través de sus palabras, recogidas por el periodista argentino Esteban Peicovich, y su increíble vida: de mozo de licores a mano derecha de Gardel.  

Josep Plaja emigró a los 19 años a Estados Unidos de Norteamérica junto a su hermano a probar suerte. Sus conocimientos de inglés y sus nociones de comercio le permitieron trabajar en un banco durante cinco años. Hizo de todo, hasta fue “mozo de limonada”, como era llamado el camarero que solo sirve licores. Cansado de yirar por diferentes trabajos, le propuso a su hermano regresar a España, sin embargo, no pudo adaptarse nuevamente a la vida social catalana, y volvió a Nueva York.

Un amigo le propuso incorporarse como traductor a Éxito Corporación Inc., en Long lsland, localidad ubicada muy cerca de Manhattan, una empresa subsidiaria de la Paramount, de la que Carlos Gardel era el accionista. Allí, el productor Bob Snowdy le presentó a Gardel, quien había aprovechado la fuerza que le daba su creciente fama internacional para ponerse en el bolsillo a los socios de la Paramount y poder eliminar a los intermediarios. 

Era marzo de 1934 y Josep Plaja, que en un principio trabajó como traductor de letras, comunicados y argumentos cinematográficos, acabó haciendo de puente para que los técnicos que no entendían ni jota de castellano pudieran comunicarse con Gardel, así como con la actriz Rosita Moreno y Alfredo Le Pera, guionista de las películas.

Después de un tiempo pasó a ayudar al ingeniero de sonido, que era el responsable del sonido y los diálogos. También eventualmente participo como extra en las películas, tocando la guitarra, o mejor dicho fingiendo ser guitarrista, porque las cuerdas estaban bloqueadas. Por esta participación recibió el pago 50 dólares y cuando ayudaba con algunas letras, le daban un adicional de 25 dólares más.

Participó como extra en las cuatro películas filmadas por Gardel. Las dos que dirigió el francés Louis Gasnier («Cuesta abajo» y «El tango en Broadway») y las dos de John Reirthardt («Tango Bar» y «El día que me quieras»). En «Cuesta abajo» salía en una escena muy trivial, recordaba Josep, “hay un tablado con un piano y tres guitarristas con los instrumentos trabados. Carlos entra furioso porque acaba de tener un altercado con su novia (una actriz anónima que no había llegado a vedette todavía) y viéndolo exaltado, yo le digo: «Acosta, usted no debe cantar esta noche», y la contestación de él es: «Cómo no, si cada noche es mía». Y allí es donde canta: «Si arrastré por este mundo la vergüenza de haber sido (lo canta)..(Tararea la música)… una lágrima asomada yo no pude contener (se ríe)»…»

Josep Plaja detrás de Carlos Gardel en escena del film Cuesta Abajo, 1934

En otra ocasión, cuenta Plaja que, estando Rosita Moreno, falló el hombre que debía hacer de maestro de baile y lo pusieron a él para que le marcara el paso a las coristas. Por allí el grupo se dispersa, y dijo: «Bueno, muchachas, bastante por hoy. Hasta mañana», y aguardó a que Rosita Moreno se le acerque y le diga: «Aquí le traigo el álbum para que usted elija los lugares y vea dónde he bailado». José responde: «Muy bien, ¿Quiere usted ensayar, ¿qué quiere bailar?», y ante su respuesta: «un fox-trop», él contesta: «Que sea un fox-trop».

Él recordaba que a Gardel le pagaban muy bien por las películas, entre 12 y 15 mil dólares. Y a la RCA que le grababa las canciones, unos 700 dólares por cada una, además de los royalties que cobraba por cada película.

Los trabajos que Gardel le encomendaba los fueron acercando como amigos. En el set, Carlos era muy profesional, algo distante, pero fuera del trabajo se entregaba a todos con una tremenda generosidad, como pocos. Recordaba que era el entusiasmo personificado y los tenía locos con los planos de un auto Hispano-Suiza que le estaban fabricando para él en Francia. Afirmaba Plaja años después: “Gardel fue un gran amigo donde yo veía todas las virtudes de los argentinos. Un hombre sencillo, además de gran artista. Un amigo en el que siempre se podía confiar”.

El trabajo de Plaja consistía en leer la correspondencia y escribir a las personas que Gardel le indicaba, generalmente amigos de Buenos Aires. Atendía el teléfono y hacía trámites bancarios. Además, le enseñaba inglés al cantor todos los días, que ponía interés en aprender, pero le costaba bastante. Por otra parte, él dedicaba algunas de sus fotos a las admiradoras y llegó a imitar tan bien su firma que siempre bromeaba Carlitos: «Che, Plaja, usted lo hace tan bien que un día me va a retirar los fondos del banco…».

“Otra de las historias que vivíamos casi a diario era que Gardel, tenía que guardar peso por contrato y como le encantaban las pastas, cuando iban a comer decía: «Vamos Plaja, así lo llamaba, que me acerco al peligro». Como estaba a régimen, siempre pedía lo mismo, corazón de lechuga con un poco de mayonesa, un petite filet mignon y algo de fruta. Era muy cortés y si pedía algo siempre decía «por favor». Gardel no era muy culto, pero sí muy fino y de excelentes modales.

Contaba Josep que quien siempre hacía el ridículo era el director Gasnier porque andaba loco por Mona Maris. Cuando entraba en una escena romántica, los besos de Gardel y la Maris parecían relámpagos. Gasnier gritaba: «corten enseguida», y luego en el cuarto de montaje, había que hacer milagros para unir y acoplar porque siempre faltaba celuloide en esas secuencias. 

Hablando de mujeres 

Siempre se ha hablado de la relación entre Gardel y Mona Maris. Según Josep, solo sería una simpatía, no amor, y toda la historia que inventaron sobre ellos serían falsas. Y Rosita Moreno estaba prometida para casarse con un directivo de la Paramount, todos sabían esto y con ella nadie se metía. De las dos, Mona Maris era más sensual y Rosita Moreno más fina.

Plaja contaba que Gardel no tenía una mujer fija por la que sintiera un verdadero amor. 

Solo para la prensa, a modo de publicidad, se había montado un truco en base a telegramas con una chica de Montecarlo jurándose amor eterno. Esto era así porque Gardel era más un Don Juan que posible marido. Aunque era joven todavía, ya no tenía edad para romances, había vivido mucho, demasiado, a Gardel le gustaban todas, y en la vida se le dieron todas. Y era muy parrandero. Por eso que José se molestaba mucho y consideraba una canallada cuando después de lo que pasó se escribieron barbaridades sobre su hombría.

Recuerda Josep que el departamento del cantor siempre estaba lleno de visitantes y también de “atorrantes”, de esos argentinos que vivían en la sombra, como decía él, que no sabían sobrevivir si no era a «sablazos»: “Gardel vivía en un hotelito de Manhattan, creo que en él East Side, la parte más cara…”

Sobre Le Pera, Plaja consideraba muy buenas algunas letras, sabía que el nombre «El día que me quieras» no era suyo, sino el título de una poesía de Amado Nervo y que debió pedir autorización a la familia para utilizarlo. Encontraba las letras de Le Pera muy argentinas, tal vez un poco exageradas, dramáticas como los argentinos. Eran siempre tragedias en las que los hombres lloraban a las mujeres y sugería que “ya estaba bien de tantos viudos, que debía empezar a haber viudas”.

Foto de Backstage de rodaje de escena del film Tango Bar en el que se ve abajo a la derecha sentado a Josep Plaja atento con el libreto en la mano junto al director y el equipo técnico.

De profesor a secretario

El español se había ganado la confianza de Gardel. Además de ser su profesor particular de inglés, se preocupaba de los asuntos financieros, y en más de una ocasión, le tuvo que quitar las castañas del fuego. Como hablaba correctamente inglés, era muy culto y conocía bien el mundo de las finanzas, el cantante y compositor lo contrató como secretario, y a partir de ahí en adelante José fue conocido siempre más como «el secretario» del artista. Gardel, un hombre sin estudios a quien la fama había situado muy rápidamente en las más altas esferas, entendió que Josep Plaja era la persona idónea para actuar en su nombre.

Los proyectos cinematográficos de Gardel eran cada vez más ambiciosos: pretendía filmar en inglés al lado de reconocidos actores para consolidarse como estrella internacional, pero le hacía falta superar la barrera idiomática. Eso reforzó la figura de José como profesor particular, tarea que le obligaba a no separarse de él, para poder practicar constantemente y conseguir que Gardel adquiriera con el mínimo tiempo posible el dominio del idioma. En marzo de 1935 se programó una gira por Centroamérica (Puerto Rico, Venezuela, Colombia, Panamá, Cuba y México), que permitiría la promoción de sus películas, pero sobre todo daría tiempo al cantante para aprender inglés. Eso explica el hecho de que el bisbalense Plaja también embarcase el día 29 de marzo en un muelle de Brooklyn para acompañar Gardel y sus guitarristas en la última gira.

Después de dos meses de actuaciones de gran éxito, multitudinarias y calurosas recibidas en Puerto Rico, Venezuela y Curaçao, el 4 de junio de 1935 Gardel y su comitiva desembarcaron en Barranquilla, Colombia. Una vez más, en Medellín, las demostraciones del público superaron las predicciones. El próximo destino era Bogotá. Gardel y los músicos se desplazaron en avión, mientras que Plaja, Le Pera y Celedonio Palacios lo hicieron en un barco de vapor por el río Magdalena. Esta experiencia lo dejó muy impresionado, tal como se refleja en esta carta enviada a sus padres:

«Estimados padres: Había escrito a ustedes una letra arriba del vapor de río que me trasladó a Bogotá desde Barranquilla, y al ir a recibir a Gardel, que venía en avión desde Medellín, me la coloqué en el bolsillo del abrigo. 

En el campo de aviación se formó tal batifondo y aglomeración que los rateros hicieron su añada. Al amigo Azzaf, que llevaba en el bolsillo el producto de la última función en Medellín, le robaron la cartera con los cuartos, unos 700 pesos colombianos, más los papeles de identificación y los papeles para volver en Estados Unidos. No tengo que decirles el trastorno que estamos pasando. A mí robaron la carta que les había dirigido a ustedes. Quizás todavía la recibirán, no teniendo ningún valor monetario.

Voy a hacer un viaje muy interesante por el río Magdalena, pero muy inconfortable. Son seis días de navegación lenta y calurosa, pero el paisaje es hermoso. Se ven trozos de selva tropical virgen que yo no había visto nunca. No tuvimos mucha suerte con la fauna, solamente puedo contar haber visto unos cinco caimanes y una docena de micos. Vemos, sin embargo, numerosas bandadas de cotorras y otras aves tropicales, árboles frutales de toda especie, y en los últimos días, la Cordillera Central de los Andes a poca distancia. En Villeta, hacía un calor que tosía y tres horas después, acá en Bogotá (2.300) metros de altura) hacía bastante frío. No sé cuántos días estaremos acá todavía; luego iremos a Cali, donde pasaremos unos dos días: luego embarcaremos en Buenaventura hacia Panamá, donde estaremos unos cinco días; seguiremos después hacia La Habana y pensamos llegar a Nueva York en los primeros días de julio […]».

Sus padres no habían recibido aún la carta fechada del 15 de junio, cuando Radio Nacional de España anunció el trágico accidente del rey del tango.

Despedida de Tito Lusiardo en su regreso de New York luego de finalizar su labor en el film Tango Bar. A la izquierda de pie en la fotografia, Josep Plaja.

La última gira, don Josep

—Salimos de Nueva York en barco. Éramos ocho en total: Gardel, Le Pera, José María Aguilar, que era su principal guitarrista, un académico que en los recitales, durante el intermedio, interpretaba melodías criollas, Guillermo Barbieri y Angel Riverol, también guitarristas. Alfonso Azaff, que creo que era venezolano y hacía de relaciones públicas; se encargaba de que en los lugares donde cantaba Gardel salieran coches con altavoces gritando: «acuda esta noche al teatro tal para el grandioso recital…», después venia Corpas Moreno, que era el criado de Gardel, y finalmente yo. El itinerario, más o menos fue por barco a San Juan de Puerto Rico, La Guayra. Puerto Cabello, Maracaibo, Lagusillas, Curazao.

De allí fuimos en un pequeño avión con fuselaje de madera hasta Aruba. Daba miedo tomarlo. Lo que más me reconfortaba en ese viaje era el piloto, un holandés alto como una catedral, que me daba una sensación de seguridad. 

Gardel tenía un poco de aprensión al avión, como todos, de alguna manera, pero era la forma más rápida de viajar.

Bueno, estuvimos, como le decía, en Barranquilla, y después en Bogotá, un recital tras otro, mucha gente, mucho fervor por Gardel… Nos preparamos para seguir el viaje y vino lo de Medellín… Le voy a explicar lo que sucedió allí. La noche anterior hubo una partida de póquer que se demoró mucho. El capitán del avión, Morrison, nos habla indicado que saliéramos muy temprano, de esa forma no tendríamos que hacer escala en Medellín, porque el macizo central de los Andes no se vería cubierto de niebla. Entonces podría llenar los tanques con gasolina a tope y no parar; podría sobrevolar y verlo todo y darle el máximo de techo al aeroplano. De salir más tarde, el itinerario resaltaba aventurado.

Salimos tarde para eso del póquer y el piloto tuvo que cambiar su plan, poner menos gasolina porque ya habría niebla espesa y, por tanto, descender en Medellín.

—Allí estuvieron muy poco tiempo, yo fui el último en entrar en el avión; tenía que ir al toilette y les dije a los muchachos que ellos se sentaran primero, delante, que yo iba a colocarme en la silla de atrás de modo que al iniciarse el vuelo se podría abrir el toilette. Me senté, pues, en la parte trasera y cogi  «La Vorágine», de Rivera, que estaba leyendo. Gardel estaba con Le Pera delante, detrás del piloto.

—Un tema impórtante es que no tenía colocado el cinturón de seguridad y creo que  eso me salvó, y también el hecho de estar en la parte de atrás. Yo siempre he pensado que de producirse un accidente los de delante tienen menos posibilidades de sobrevivir. El avión comenzó a rodar por la pista; lo pilotaba Samper, que quería tener el honor de llevar a Gardel. Yo no sé bien cómo se produjo la catástrofe, parece que Samper, al salir, fue tomado por un viento cruzado que lo empujaba hacia las hangares. Intentó sobrevolarlos, pero no le dio el motor, el viento se arremolinó y se convirtió en un viento vertical que le impidió saltar, digámoslo así, y tras elevarnos en poco caímos en picado sobre el otro trimotor que ya con los motores encendidos esperaba su turno para despegar.

El avión Ford F-31  comenzó a carretear, hubo un fuerte viento, luego fue el choque, me despidió del asiento y caí en el pasillo de costado, pero de tal manera, que me quemé uniformemente. Los dedos no quedaron aprovechables y fue necesario cortarlos. Yo caí del avión y me salvó un hombre de Medellín, que sigue escribiéndome todos los años una carta o una postal, ya que fue él quien apagó con un extintor el fuego en el que estaba envuelto al caer a la pista. Estuve con Aguilar en la clínica de La Merced, para las primeras curas, y de allí me llevó mi hermano a Nueva York, al Medical Center. Las monjas de este gran hospital me decían que había tenido mucha suerte, pero cuando luego vi qué había’ quedado de mi…

Sobre las especulaciones que escuchas años más tarde, todas son más que pamplinas, barbaridades, no entendía porque tantas especulaciones.

Los de los aviones no pagaron seguro ni nada. Eran otras épocas: lo que nos dieron fue muy poco. Lo que tenía lo fui vendiendo. Calculé muy bien todo: morir sin tener nada, ni un real. El destino perfecto del hombre es vivir con todo y morir sin nada…”

Cuenta el periodista argentino Esteban Peicovich, autor del reportaje, que al despedirse en la puerta de su casa lo abrazó y pidió «una foto de recuerdo». Con los pequeños ojos irritados y más vivos que nunca, don Josep Plaja lo miró y dijo: «Quitenme, por favor, la gorra, porque quiero saludar a todos los seguidores de Gardel con el respeto que se merecen».

Sinopsis del accidente aéreo, que contextualizan la historia del libro Sucesos Gardelianos 

El piloto Samper Mendoza, presidente de la aerolínea SACO, pese de sus pocas horas de vuelo, y habiendo estado bebiendo en el club social durante toda la mañana; decide relevar a la tripulación, volando él la aeronave, utilizando de copiloto a un muchacho de 18 años, sin experiencia. Estas negligencias sumadas a las meteorológicas fueron las causantes del accidente.

Mientras el avión de la SACO se dirigía a la cabecera sur del aeródromo, desde donde iniciaría su carrera de despegue, el también Ford Trimotor “Manizales” de la SCADTA se preparaba en la zona de carga para iniciar su viaje con destino a la ciudad de Bogotá, al mando del aviador alemán Hans Ulrich Thom, el copiloto Hartmann Fürst (Fuerst). 

El aviador alemán preparaba su salida, cuando el también aviador alemán Ernest Modrow, le advierte de las condiciones del viento y de la imprudencia del aviador Ernesto Samper Mendoza dirigiéndose hacia la cabecera sur, con un avión que se observaba sobrecargado de peso y despegando con viento de cola. 

 Ante esto, el aviador Hans Ulrich Thom, apura sus maniobras con el fin de poder observar los movimientos de Ernesto Samper Mendoza. Pide autorización al capitán del aeródromo para retirar las cuñas de las ruedas. Inicia el carreteo hacia un lado de la pista haciendo un viraje brusco, casi de 180 grados sobre su rueda izquierda para poner la nariz del aeroplano hacia el sur, permaneciendo en la zona de cargue y descargue de la SCADTA; luego avanza el aeroplano un poco más y lo sitúa muy cerca de la línea demarcada con piedras blancas, que la separa de la zona de emergencia, a unos 75 metros del centro de la pista de cascajo.

En este punto tenía mejor visibilidad sobre el avión de Samper, puesto que el sembrado de maíz a su izquierda, le bloqueaba la visión hacia la cabecera Sur. El empleado de la SCADTA, con sus banderas abajo, en espera de que el “F-31” de la Saco despegue, para autorizar por medio de su bandera a cuadros amarillos y azules, el ingreso del “Manizales” a la pista.

Ernesto Samper Mendoza continuaba realizando los chequeos de su Ford Trimotor en la cabecera sur del aeródromo. Sentados en las sillas de pasajeros en la primera línea, Carlos Gardel. Samper, embriagado por el éxito de su gestión, no puede pensar con claridad.    

Observa como Antonio Arango, desde el otro lado de la pista baja la bandera roja y sube la de cuadros Amarillos y Azules, indicándole que está autorizado a iniciar su despegue. 

El avión de la SACO inicia su carrera por el centro de la pista de cascajo con el estabilizador posicionado “nariz abajo” para poder levantar la cola en la primera parte de su carrera y poder tener mayor control del avión. El gran peso acumulado en la parte posterior del avión, donde había sido necesario acomodar parte del equipaje de Carlos Gardel, compuesto por una gran maleta que taponaba la puerta de salida y otras en el baño, además de rollos de películas y el telón que debían llevar desde Medellín a Cali y que a última hora trajeron los hermanos Uribe, sumado a la velocidad del viento de cola y a la no reubicación del estabilizador de cola a su posición de “nariz arriba” cuando el avión había logrado tomar impulso, hicieron que el avión asentara de nuevo su rueda trasera y tomara un curso errático. Estas condiciones adversas incrementaban el esfuerzo del aviador Ernesto Samper Mendoza para hallar la cabrilla y tratar de levantar el avión.

El avión corre torcido sobre su eje longitudinal sin dirección definida. Se desvía en una gran curva hacia su lado derecho, más de 30 grados de su rumbo inicial, invade la grama de la zona de emergencia, paralela a la pista principal, y sigue sin dirección definida hacia los hangares de la SCADTA. El Ford Trimotor “F-31” ya sin control direccional pierde rápidamente velocidad; obedeciendo solo a las extrañas e incomprensibles fuerzas del destino.  

El banderillero de SCADTA, Jesús M. Guerra, al ver que el avión de la SACO se dirige hacia ellos, agita su bandera roja de señales, pero luego suelta ambas banderolas y corre despavorido hacia el centro de la pista de cascajo, tratando de evitar que el avión lo atropelle. El Ford Trimotor “F-31” logra levantarse unos pocos centímetros inclinado hacia la derecha, ya cuando encuentra en su trayectoria al otro Ford Trimotor, el “Manizales” de la SCADTA. Un golpe seco sigue al estruendoso choque; los aviones, repletos de combustible se incendian y en una dantesca hoguera, terminan sin misericordia con los sueños e ilusiones de la gran mayoría de los pasajeros, incluida la vida de Carlos Gardel. 

Después, del terrible choque estallaron los tanques de combustible, el voraz incendio se cobra las vidas de los pilotos, de Carlos Gardel, de algunos de los miembros de su comitiva artística y pasajeros nacionales e internacionales, dejando un saldo final de 17 muertos entre las dos aeronaves.

 

Walter Santoro – Fund. Inter. Carlos Gardel

Josep Plaja en fotos de la nota que brindo en 1969.